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Entrevista a Miguel Ángel Berna por Jorge San Martín

Entrevista a Miguel Ángel Berna por Jorge San Martín

Es un artista único, cuyo estilo trasgresor le ha llevado a traspasar las fronteras para dar a conocer su arte en todo el mundo. Su origen se encuentra en la jota, pero su camino está marcado por la búsqueda interminable de nuevas formas de expresión a través de la danza. El bailarín celebrará sus cuarenta años de trayectoria con un espectáculo multitudinario en Zaragoza.

«Somos un pueblo que no baila. Hablamos y criticamos»

¿Cómo empieza la historia de un niño que ve en el baile la forma de expresarse y desarrollarse?

Tenía siete años pero, diez, realmente, cuando me subí al escenario. Yo marco el origen en el año 79, porque fue cuando me presenté a mi primer concurso, en Alborge, donde gané el segundo premio de canto, curiosamente, no de baile. Yo empecé muy pequeño y me subí a los escenarios muy rápidamente. Todo lo que yo bailaba era en el escenario. Empecé a bailar el año en el que murió Franco, que es muy simbólico también.

Has convertido tu estilo en algo único, pero tus orígenes están en la tradición, en la jota.

Sí, pero esto me viene muy mayor ya. Pronto tuve la inquietud de ver como otras disciplinas avanzan y como aquí nos han encorsetado siempre en lo mismo, en el calzón corto y en lo baturro. Eso está bien, pero actualmente no nos sirve. Yo no puedo contar a un poeta, a un arquitecto o a un pintor vestido de baturro, tengo que contarlo contemporáneamente. Otras disciplinas como la danza contemporánea o el flamenco, por ejemplo, pueden contar una historia del pasado pero también muy actual. Esa percepción es la que me llevó por ese camino, aunque yo lo descubrí muy tarde, con más de 20 años, porque mi cuerpo tenía condiciones naturales para la jota.

Y eso, después del periodo de iniciación. ¿Fue muy duro?

La iniciación es calle y contacto con la gente, pero, en este caso, se producía siempre desde el escenario, no como estoy yo ahora contigo. Imagínate que me subo encima de esta mesa. El diálogo ya no sería igual, no sería fluido. Pues esto mismo es lo que yo no entendí de mi tierra. La jota era un medio de expulsión, de interioridad, de agua estanca que corre, y es algo que lo hemos paralizado. Nuestro pueblo se acostumbró a ver la jota en el escenario y no era partícipe. Para mí fue muy traumático que el baile de mi tierra fuera la jota que yo solo podía interpretar en los escenarios. Cuando el pueblo baila, el artista puede recoger cosas. El problema es cuando el pueblo es pasivo y solo critica.

Escuchándote, entiendo muy bien por qué eres un artista que ha crecido a través de la búsqueda permanente, la transformación, las propuestas rompedoras…

Sí pero, en realidad, yo no me considero transgresor. La danza y la música tienen una función en esta sociedad. En el caso de la danza, es un generador de movimiento y conocimiento, sobre todo, de uno mismo. Estamos en este mundo para esto. Nuestras tradiciones nos ayudan. Por ejemplo, el mudéjar es algo muy simbólico para mí. Es el espectáculo con el que más he girado por el mundo. Cuando iba a los pueblos a bailar la jota, veía una iglesia mudéjar en cada uno, pero yo no sabía qué era ni qué importancia tenía. Fue después, entendiendo cómo convivían las diferentes culturas y todo lo que implica. La ignorancia te hace despreciar ciertas cosas y, los conocimientos, aprender valores que te pueden ayudar a construir el día a día, pensando que no estamos en siglo XV sino en el XXI, y adaptándolo a las vivencias de hoy. Para esa búsqueda y ese querer saber quiénes somos que todos llevamos dentro, tienes que conocer el pasado y la historia.

¿De dónde sale la motivación para empezar a bailar siendo un niño en aquella época?

Hay prejuicios que no han cambiado mucho. Yo lo viví como algo normal y corriente. También jugaba con mis amigos al fútbol y me tiraba piedras. Pero cuando alguien vino al cole a decir “vamos a bailar la jota”, a mí me pareció lo más normal del mundo. Ni lo pensé, ni tenía estudios, ni sabía nada, lo que tenía era la sensación de que era un niño extrovertido, abierto y que dialogaba con todo el mundo. Curiosamente, después, poco a poco, mi tradición mal entendida me ha hecho lo contrario, introvertido, esconderme. Entendía que algo tan popular y natural como es bailar una jota era algo de lo que podían disfrutar chicos y chicas, como cuando bailamos ahora. Después vi lo que tenía en frente. Pero, en mi caso, vivía en un barrio rural, en Santa Isabel (Zaragoza) y allí, nunca tuve ningún problema con mis amigos, al revés, ellos me apoyaron. Pero sí que es cierto que los prejuicios siguen existiendo. Pensamos que hemos evolucionado pero los Billy Elliot siguen existiendo hoy exactamente igual, siguen estando los mismos prejuicios.

«Lo que yo yo hago no es ni vanguardista ni trasgresor. Si lo es, es solo por lo que hay aquí»

¿Prejuicios machistas?

Es histórico. Luego nos empeñamos en esconder y tapar las cosas, cuando lo mejor es que estén a la vista para ver si hay alguna cosa que hacemos mal y corregirla. Ahora mismo, las nuevas generaciones no saben lo que pasó. Y lo que pasó es que hubo guerras, enfrentamientos, conflictos… Si tú tapas eso y te quedas en lo que tienes ahora, vas a regresar a lo que ocurrió antes. Y aquí surge una conclusión muy clara de cómo somos los aragoneses: individualistas y autocríticos, pero también hospitalarios y buenos. Desde fuera nos ponen en baturro, y nosotros lo fortalecemos. Eso está allí, pero las nuevas generaciones no vivimos en lo baturro. La historia te marca y si eso no lo conocemos, es complicado.

¿Tu desarrollo artístico te obligó a crecer más deprisa de lo normal?

Yo siempre tuve en casa el ejemplo de mi familia. Del sacrificio bien entendido. Si quieres conseguir las cosas, cuestan mucho esfuerzo, pero no convirtiéndolo en un martirio, sino al revés, se puede hacer con alegría. Yo tenía eso siempre presente gracias al esfuerzo de mi familia. Tuve mucha suerte de conocer la realidad de mis abuelos y bisabuelos y, más tarde, de poder entenderlos. Es algo que siempre se ha mantenido en mí y lo que me hizo madurar. Lo que pasa es que al estar tapado en el traje de baturro, aunque no tenga nada contra él porque me he vestido muchas veces, no me dejaba ver era qué había detrás. Todos nos ponemos máscaras para no delatarnos porque nos da miedo que nos juzguen. No me quedó otra opción que madurar a base de golpes porque no queremos ver la realidad.

Has producido más de veinte espectáculos que te han llevado por todo el mundo. ¿Cómo se entiende tu arte en Japón o Estados Unidos?

Es difícil. Hace poco estuve en Panamá, presentando la película de Carlos Saura, “Jota”. La pregunta que te hacen es: “¿qué es la jota?” La gente viene a ver la película porque es de Carlos Saura, pero lo que se conoce fuera de España es el flamenco. La gente no sabe lo que es la jota. Me ha pasado con espectáculos como “Rasmia”, “Solombra” o “Amares”, que es la leyenda de los Amantes de Teruel. Si hubiera hecho “Romeo y Julieta”, sería de otra forma. Me ha pasado hasta con Goya. Cuando sales fuera, te das cuenta de que ese tópico aragonés que defendemos tanto, en vez de hacernos bien, nos cataloga y nos mata toda nuestra esencia. Si, para mí, si solo eres un presentador de televisión, mato el mundo que tú tienes y lo que eres. Si la jota tiene que ser así, con esos brincos, esos saltos y vestidos de baturro, eso, uno lo pude asimilar cinco minutos, que es lo que nos gusta. Pero si yo no te puedo contar una historia actual con ese recorrido, no me sirve para nada.

¿Y qué se puede hacer para cambiar esa imagen y trascender fuera de España?

Es necesaria una apertura para que en estos países conozcan la jota. Yo he tenido la suerte de trabajar con grandes músicos y artistas, como en la película de Saura, en la que bailo con Sara Baras, que ha hecho muy pocos pasos a dos. He tenido el privilegio, no solo de bailar con ella, sino de compartir cosas para después poder contar en mi tierra lo que me ha enseñado esta experiencia. Tenemos que hacer una reflexión de qué es lo que vende cuando salimos fuera, pero no en concepto de marketing. Vamos a vendernos bien. Lo que yo hago no es ni vanguardista ni trasgresor. Si lo es, es solo por lo que hay aquí. Si me hubiera puesto un tanga rosa y una pluma en la cabeza para bailar la jota, pues, probablemente, entonces sí. Mi camino ha sido el de buscar las carencias. Mi carencia era bailar en la calle, estar con la gente, compartir, aprender de ellos para, después, poder transmutar y subir al escenario.

¿Los artistas valientes también tenéis miedo?

Claro, lo sigo teniendo, pero intento no proyectarlo fuera. Algunas veces me juntaba con algún compañero tuyo que me decía que siempre estaba enfadado. Y me preguntaba: ¿por qué me dirá eso? Y tenía razón. Ya sabemos que el día a día es duro. Pero yo quería llegar a las raíces, al porqué. Cuando estamos parados, no circula nada. Y eso nos mata interiormente. En un traje de baturro, yo puedo bailar muy bien pero me estoy escondiendo, no me muestro como soy ni como estoy ahora. El trabajo del artista es muy problemático. A un fontanero, un electricista o un camarero que hacen bien sus trabajos, no les aplaudimos. A nosotros nos aplauden. Eso hace que te cambie la perspectiva. Pero yo no quiero verte desde encima de la mesa, quiere verte aquí. Y ese es el origen del problema, que somos un pueblo que no baila. Hablamos y criticamos.

¿Y también nos hacemos las víctimas?
Yo lo hecho mucho y me lo sigo haciendo, pero intento cambiar y mejorar porque, si no, no vamos a conseguir nada. Lo que nos queda por hacer es una labor altruista. Plantar un olivo y esperar que pasen años hasta que te de olivas. Eso, en la sociedad de ahora, es difícil, porque queremos los resultados ya. Si no me da algo inmediato, no planto nada. El problema es que el tiempo es efímero. Hoy estamos y, mañana, no.

¿Merece la pena?

Claro. Pero eso requiere esfuerzo, sacrificio e ir a regar y a cuidar todos los días. Y teniendo claro que no es para ti, es para tus hijos.

¿Eso se hace a través de la formación?

Pero es difícil, porque la gente viene a la Escuela Popular de Música y Danza del Ayuntamiento de Zaragoza, aprende a bailar la jota y, después, cuando sale fuera, no la pueden bailar en ningún sitio. Y es el problema que yo me encuentro. Te sientes inútil. Yo te enseño una cosa y no la puedes hacer fuera porque lo que hay detrás te paraliza. Para mí, es luchar contra corriente. Se trata de abordar el problema. Lo que se esconde detrás del “no bailar” son los miedos, las inseguridades y las vergüenzas. Yo me lo reconozco en mí y lo veo también en la gente. Pero yo no quiero vivir así, sino en libertad y en paz conmigo mismo y con los demás. Solo reflexionando sobre esto, le daríamos la vuelta a la situación. Mientras tanto, es complicado. Yo seguiré dando clases. Va a servir de poco, pero tengo que seguir regando el olivo.

El 9 de noviembre quieres llenar el Príncipe Felipe de Zaragoza con un espectáculo único que conmemora tus cuarenta años de trayectoria. ¿Qué estás preparando?

Es una locura intentar llenar el Príncipe Felipe con casi tres horas de espectáculo que, a su vez, está compuesto por muchos espectáculos. Buscar, elegir, juntar, identificar nuestra tierra, darla a conocer, mostrar este Aragón real… Profundizar en la tradición huyendo de los tópicos, pero sin renegar de lo que he hecho ni del pasado. Quiero compartirlo con mi gente, con mi tierra, con los músicos, los bailarines y la gente que ha trabajado conmigo. Quiero transmitir esa unión y hacerlo con el ejemplo. Lo he hecho también por mí mismo, porque quiero cerrar una etapa para abrir otra.

En resumen, Miguel Ángel Berna, sin máscara y ante cinco mil personas. ¿Es el reto más grande de tu carrera?

Precisamente por eso, es un reto muy grande. Por un lado, me asusta. Es normal. Cuando se abre el telón y está todo oscuro, interiormente me quiero ir. Me seguirá pasando porque el problema no está fuera, está dentro de mí. No tengo miedo a la gente. El miedo es hacia mí mismo. Pero llega un momento que ves luz y vas adelante. Sé a lo que me enfrento. A mis pasiones, que son las que te hacen deslizarte por el mundo y con las que todos tenemos que lidiar todos los días. Será un espectáculo de todos, gracias al trabajo de mucha gente y al patrocinio del Grupo San Valero, al que estoy muy agradecido porque es fundamental para poder financiar un proyecto de estas características.

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