Hay lugares que no se explican, se recuerdan. En la esquina de Diputació con Passeig de Gràcia, Tapas24 lleva veinte años siendo ese refugio donde la ciudad se detiene —aunque solo sea el tiempo de una croqueta o un bikini trufado—.
Detrás, la mirada inquieta de Carles Abellán, que en 2006 decidió reinterpretar la tradición sin romperla.
Hoy, con más de dos millones de historias servidas en platos pequeños, la celebración no mira solo al futuro: también invita a revisitar los comienzos, las dudas y esa intuición casi romántica que lo cambió todo.

Si cerraras los ojos y volvieras a mayo de 2006, ¿qué imagen aparece primero: el chef o la persona que estaba a punto de abrir Tapas 24?
Aparece la persona, sin duda. El chef ya llevaba muchos años cocinando, pero el que abría Tapas 24 era alguien con ganas de hacer algo más cercano, más directo, más Barcelona. Era casi un acto de intuición. Quería un sitio donde comer bien sin tener que explicarlo demasiado. Un sitio que rindiera homenaje a los bares de siempre, un sitio dónde yo querría ir a comer de manera habitual.
Tapas 24 nació en un momento en el que compartir platos en el centro de la mesa todavía no era lo habitual. ¿Recuerdas en qué momento sentiste que aquella intuición empezaba a funcionar?
Cuando empezamos a ver mesas con todo tipo de clientes: turistas con vecinos del Eixample, gente joven con gente mayor. Cuando el bikini trufado empezó a circular sin pedir permiso. Ahí entendí que no era una idea rara: que crear un lugar como Tapas24 era una necesidad que estaba esperando su momento y que ese momento había llegado.
Más de dos millones de clientes han pasado por Tapas 24. ¿Sientes que has construido un restaurante… o una colección de historias?
Una colección de historias, seguro. Un restaurante al final es solo un escenario. Lo importante es lo que pasa en las mesas. Y en veinte años han pasado muchas cosas: primeras citas, celebraciones, despedidas, comidas rápidas que acababan siendo largas, y espero que queden muchas cosas por pasar.
¿Qué has aprendido de tus clientes que nunca te enseñaron en ninguna cocina?
Que comer es un acto emocional y social, que nos conecta, que nos une y que de alguna manera forma parte de todos nosotros. En la cocina te enseñan técnicas, recetas… pero el cliente te convierte en parte de su vida y eso no tiene precio.
Hay tapas que ya forman parte del imaginario colectivo. ¿Cuál sientes más tuya y cuál ya no te pertenece?
El bikini trufado es muy mío en el origen. Pero nunca me olvido de que el primero lo hicimos en elBulli, con Ferran Adrià. Ahora lo veo en cientos de cartas y me hace ilusión haber sido su precursor. Ahora el bikini ya no es mío, ni de elBulli, es de la gente. Y eso es lo mejor que puede pasarle a un plato.
En este aniversario hablas de poner al cliente en el centro. ¿Qué esperas descubrir de tu propio restaurante a través de la mirada de los demás?
Espero descubrir cosas que yo ya no veo. Cuando llevas tantos años en un proyecto, pierdes perspectiva. Escuchar a la gente es una manera de volver a mirarlo como el primer día.
Este 2026 cuenta con la complicidad de Albert Adrià, José Andrés o los hermanos Roca. ¿Qué tienen en común con el espíritu de Tapas 24?
Todos entienden que la cocina nos conecta y nos emociona. Y que compartir es parte del lenguaje gastronómico. Tapas 24 siempre ha ido por ahí.

Has abierto, cerrado y transformado muchos proyectos. ¿Por qué Tapas 24 ha resistido mejor que ninguno?
Porque es honesto. No nació como concepto, nació un lugar auténtico que quería ofrecer algo que entonces no existía y que yo estaba seguro de que era necesario. Cuando un proyecto nace así, aguanta mejor el paso del tiempo.
¿Qué queda hoy de aquel primer servicio?
¡Pues ha llovido bastante! … (risas) soy un poco menos joven, pero sigo sintiendo la ilusión y el “Rock& Roll”. También que las recetas del Tapas son y serán super fáciles de entender, compartir y disfrutar.
El “McFoie”, las alitas “sin trabajo”… hay cierto punto canalla en tu cocina. ¿Es romper con la solemnidad o reivindicar el placer?
Las dos cosas. Comer tiene que ser divertido. Si la cocina pierde el humor, pierde algo importante.
Has vivido la alta cocina, las estrellas Michelin, los grandes proyectos. ¿La felicidad está más cerca de una tapa bien hecha que de un menú degustación perfecto?
La felicidad está donde puedes ser como tú eres. A veces es una tapa. A veces es un menú largo. Pero una tapa bien hecha tiene algo muy difícil: parece fácil pero detrás hay tiempo, dedicación, técnica y sobre todo, un buen producto.

¿Qué le dirías hoy a ese Carles Abellán que abría Tapas 24 sin saber lo que vendría después?
Que confíe más en su intuición. Y que disfrute más del proceso. Y que vaya más poco a poco (risas).
Si Tapas 24 pudiera conservar un solo momento de estos veinte años, ¿cuál elegirías?
El primer día que vimos el local lleno sin saber exactamente por qué. Ese momento en que entiendes que algo ha conectado y que funciona.
¿Cómo se celebra un aniversario sin caer en la nostalgia… pero sin renunciar a ella?
Recordando para seguir avanzando. La nostalgia está bien si sirve para entender de dónde vienes y dónde quieres estar. Nosotros somos conscientes que perdurar más de 20 años en Barcelona es muy difícil, y por eso estamos orgullosos. Estamos donde queremos estar, pero siempre con ganas de aportar algo más, con ganas de seguir dando caña.
¿Qué te sigue ilusionando hoy exactamente igual que el primer día?
Que alguien pruebe un plato, de un sorbo a su bebida y durante un instante, sea feliz.








