TEXTO: YVONNE SOLÉ — FOTOS: FÉLIX LORENZO
Las imágenes que nos vienen a la cabeza cuando pensamos en el sur de Francia incluyen hileras de verdes viñedos, copas de vino, paseos en bicicleta, pintorescos pueblecitos de piedra, una excelente gastronomía y, por qué no, también castillos.
Si nuestra imaginación es desbordante podríamos añadirle un spa, una piscina infinita y una villa de lujo en la que alojarnos para disfrutar de todo ello durante unos días de desconexión. Pero no hace falta imaginar, porque este lugar existe.

El Château St. Pierre de Serjac está ubicado en la región del Languedoc, en una preciosa finca vinícola de 80 hectáreas rodeada de un maravilloso paisaje mediterráneo capaz de satisfacer incluso al bon vivant más exigente. El hotel posee dos tipos de alojamientos, por un lado habitaciones dobles en el palacete que antiguamente eran las estancias de la familia propietaria y, por otro, 36 residencias de lujo independientes, situadas en los edificios originales de la finca, que pueden alojar hasta a 10 personas, todas ellas distintas pero con el denominador común de una decoración de gusto exquisito.
Disponen de jardín o terraza y algunas también piscina privada climatizada o jacuzzi y todas las comodidades necesarias para disfrutar de unos días de descanso. Además, todos los huéspedes pueden acceder al spa Cinq Mondes, relajarse en la piscina infinita con vistas a los viñedos, olivos y bosques, comer en el restaurante -al aire libre en los meses de verano -o jugar a tenis en la cancha.

Y todo ello con un servicio relajado, atento y amable de un club privado y mucho charme. El hotel ofrece la perfecta fusión de un lugar aislado, íntimo, con encanto y unas bodegas en pleno funcionamiento. Los niños son bienvenidos en este establecimiento y para que ellos también disfruten tanto como sus padres, tienen a su disposición el kids club, un espacio con monitores en el que podrán hacer manualidades, jugar e incluso interactuar con los animales que viven allí, como gallinas, conejos o cabritas. Además también pueden visitar el huerto del que se abastece el restaurante.
El hotel pone a disposición de los huéspedes bicicletas para aquellos que quieran conocer los alrededores –Puissalicon es el pueblo que queda más cerca-. Una excursión un poco más lejos, a una hora en bicicleta o 20 minutos en coche, que vale la pena, es Pézenas, situado entre Bézieres y Montepellier.
Los sábados por la mañana es día de mercado en este precioso pueblecito en el que Molière se instaló para fundar L’ilustre Theatre con su compañía tras su fracaso en París. Capital de los Estados Generales de Languedoc en el siglo XVI, la ciudad conoció su edad dorada en esa época, en la que se construyeron muchos palacetes, junto a otros edificios suntuosos, que se han mantenido prácticamente intactos desde entonces, por lo que su casco antiguo es una delicia. En las callecitas adoquinadas las casas están decoradas con contraventanas de colores y las mansiones señoriales muestran la opulencia y riqueza de la época.
El Hotel Lacoste, por ejemplo, posee un vestíbulo con bóveda de crucería y un patio con escalinata que se puede visitar, así como el palacio Malibran, con una fachada decorada con mascarones de mujeres sonrientes y balcones de forja. En la Casa de los Oficios artesanales ubicada en la antigua casa consular del siglo XVII se puede descubrir el trabajo de artesanos que crean esculturas, joyas, accesorios de moda y artículos de mesa. El vínculo con la artesanía también queda reflejado en las múltiples tiendecitas artesanales del centro.

Y en cuanto a gastronomía, las pastas de la pastelería Maison Alary son un must. Se trata de los petit pâté, unos rollitos en forma de bobina rellenos de picadillo de cordero, azúcar, huevo, canela y limón que se pueden comer tanto de postre como de entrante. Un “souvenir” ideal para tomar junto a una copa de vino de la zona para recordar la escapada a la región de Hérault.








