Entrevistamos a Manuel de Miguel.

Coautor de "De libres y tiranos, felicidad y democracia en la posmodernidad" (Ediciones Rialp).

Manuel de Miguel en la presentación del libro en Madrid.

Con motivo de la publicación de "De libres y tiranos, felicidad y democracia en la posmodernidad", conversamos con el economista Manuel de Miguel, coautor de este ensayo junto al catedrático de Historia Moderna, José Ignacio Ruiz.

La obra está despertando conciencias al señalar cómo los ciudadanos vamos cediendo libertad ante los poderes actuales a cambio de un bienestar que se disfraza de bondad.

Un libro que nace, según explica De Miguel, de la preocupación por las generaciones más jóvenes y de la importancia que para el autor tiene comprender lo que está pasando, despertar y actuar. Pero no lo hace desde el catastrofismo, sino desde un optimismo que mira de frente a la realidad.

¿Qué os lleva a escribir De libres y tiranos? ¿Qué os impulsa a abordar este libro y su contenido?

La verdad es que todo empezó por dos motivos bastante personales. El primero, que uno ya va teniendo una edad —ríe— y, además, tengo dos hijos. Podríamos decir que ese fue el primer empujón. Porque, aunque la generación actual es la mejor formada técnicamente de toda la historia, culturalmente no ocurre lo mismo. Y eso, claro, nos preocupa.

El segundo motivo tiene que ver con nuestra trayectoria. Llevamos muchos años participando en distintos foros de debate, y este tema aparece siempre. Hablamos mucho del cambio de época  en el que estamos metidos, una transición compleja que, además, tiene ciertos tintes de decadencia y que nos preocupa. Por eso sentimos la necesidad de poner un poco de orden, de juntar las piezas para que se entienda mejor qué está pasando. Sin esa claridad, es muy difícil avanzar o proponer soluciones.

Esta transición, además, está generando un nivel de incertidumbre enorme en la ciudadanía. En los jóvenes, aún más. Estamos viendo problemas emocionales y psicológicos que no se habían visto en generaciones. Si nuestro paraguas mayor —la Unión Europea— está lleno de dudas, imagina cómo se sienten los ciudadanos. Fue en ese momento cuando pensamos: “¿Y si tratamos de ordenar todo esto?”. Y ahí empezó el libro.

Hablas del papel de los jóvenes. ¿Qué crees que está fallando o faltando en esta generación?

La verdad es que, si miramos la historia, casi nunca ha interesado a los gobernantes que la sociedad tenga un alto nivel de exigencia o de pensamiento crítico. Justo eso es la base de la democracia, pero no suele ser lo que más conviene a quienes están en el poder.

Al final, para un gobernante es mucho más útil tener una sociedad adormecida, anestesiada, fácil de manejar; una sociedad que se pueda tratar casi como un objeto de trabajo. Y para mantener a la gente en ese estado, lo más efectivo es que no tenga un nivel cultural sólido. Lo hemos visto a lo largo del tiempo con un gesto muy simbólico: la quema de libros. Hoy en día eso sería impensable, pero se hace algo parecido de forma más sutil: se retiran ciertos contenidos del sistema educativo.

Y así hemos ido dejando fuera la enseñanza seria de historia, de filosofía, de humanidades…, y eso es gravísimo. Porque todo eso es justo lo que ayuda a construir certezas, a entender el mundo. Cuando desaparece, lo que queda es confusión, falta de referencias y una sociedad mucho más vulnerable a ser manipulada.

Portada de "De libres y tiranos, felicidad y democracia en la posmodernidad"

Portada de «De libres y tiranos, felicidad y democracia en la posmodernidad». Ediciones Rialp.

El libro insiste en tres grandes acciones: comprender, despertar y movilizarse. ¿Cómo las explicáis?

Lo primero que buscamos es ayudarte a comprender la realidad tal como es, con realismo. La realidad puede ser dura, sí, pero una cosa es mirar las cosas de frente y otra muy distinta es caer en el pesimismo.

Después viene el segundo paso: despertar. Necesitamos que la gente empiece a pensar desde fuera del marco cultural en el que estamos metidos.

Y la tercera acción es la más bonita: moverse. Salir de la apatía. Recordar que la libertad no es algo que puedas delegar en otros: la libertad se ejerce.

«Y es que, sin cultura, sin personas capaces de pensar por sí mismas, no hay democracia.»

En el libro afirmáis que los ciudadanos estamos entregando nuestra libertad. ¿Dónde lo veis?

A finales del siglo XX llegamos a un nivel de distribución de la riqueza sin precedentes: el llamado estado de bienestar. Pero hoy, ese modelo se ha ido transformando en algo distinto, en lo que podríamos llamar un estado benefactor o provisor. Y, mientras tanto, nosotros nos hemos acomodado. Nos hemos vuelto sumisos porque nos hemos vuelto dependientes.

Hemos ido entregando poco a poco nuestras responsabilidades individuales a “Papá Estado”, como si fuera él quien tuviera que solucionarlo absolutamente todo. Pero una sociedad que pierde el sentido de la responsabilidad y del esfuerzo está destinada a tener problemas serios. Éramos individualistas, sí, y también responsables en términos generales; éramos utilitaristas, consumistas… y, con todo eso, hemos terminado por dinamitar los propios cimientos de la civilización occidental.

¿Y cuáles son las grandes amenazas que señaláis en el libro?

El primer gran desafío al que nos enfrentamos es la globalización: un reequilibrio del poder económico a nivel mundial que nos obliga a competir constantemente. Y la verdad es que, si no competimos, corremos el riesgo de desaparecer.

El segundo desafío es el tecnológico: por un lado, está generando un aislamiento creciente entre los individuos; por otro, ofrece una capacidad de control sobre la población que no habíamos visto nunca. Y, además, aparece un fenómeno nuevo en la historia: grupos sociales que no producen y que, por primera vez, tendrán que ser sostenidos mediante subsidios.

En el tercer capítulo del libro revisamos los distintos marcos que estructuran nuestra sociedad: un sistema político que quizá ya no sea tan democrático como pensamos, sino más bien demagógico o incluso con rasgos autocráticos; unos Estados nacionales que han quedado desbordados por una realidad global que les supera; límites cada vez mayores a la libertad de opinión, y finalmente una cultura profundamente deteriorada.

Y es que, sin cultura, sin personas capaces de pensar por sí mismas, no hay democracia.

Manuel de Miguel

También habláis de la falta de acción ciudadana. ¿Por qué crees que ahora no nos movilizamos?

No es lo mismo movilizarse porque alguien te empuja a ello que hacerlo desde la autonomía personal. En España, la sociedad civil no tiene la fuerza que vemos en otros países porque no acabamos de entender que la libertad se defiende participando en ella.

La democracia no consiste solo en votar. Como recuerda la Real Academia Española de la Lengua (RAE), es un sistema en el que la gente participa en las decisiones a lo largo de cuatro años. ¿Cómo haces que tus opiniones cuenten? ¿Cómo haces que lleguen arriba? A través de las asociaciones civiles.

Pero en España el asociacionismo no existe con fuerza. No nos involucramos lo suficiente y la única forma real de defender la libertad es participar de verdad en los asuntos sociales. No se trata de entregarles el poder a los políticos, hay que participar.

Para cerrar, ¿qué debería quedarle claro al lector tras este libro?

Si algo queremos dejar claro es que no estamos condenados. Las sociedades han sabido reinventarse miles de veces, y esos cambios nunca los han impulsado las mayorías inmóviles, sino las minorías creadoras: los rebeldes, los optimistas, quienes sienten la responsabilidad de mover las cosas.
Recuperar los valores que han compartido las grandes culturas —templanza, fortaleza, prudencia, justicia y también amor e igualdad— es fundamental para alejarnos de ese utilitarismo que nos ha dejado adormecidos.

Todo empieza por comprender dónde estamos, mirarnos de frente y actuar. La inacción es lo único inaceptable. El libro apunta justo a eso: ordenar las piezas, pensar sin eufemismos y asumir que el cambio empieza en cada uno de nosotros.

Si no surge una nueva élite responsable, no habrá transformación posible. Pero aún estamos a tiempo. Lo importante es dejar de mirar hacia otro lado y atreverse a dar el primer paso.