Pipilacha, cuando las flores se convierten en cocina

Un dúo de jóvenes cocineros sacude el panorama madrileño con una propuesta insólita al convertir las flores en el eje absoluto de un menú degustación sorprendente, valiente y repleto de matices

En una calle tranquila del barrio de Fuente del Berro, lejos del ruido del circuito más mediático, pero dentro del latido de la M-30, ha aterrizado Pipilacha, un restaurante que se atreve a mirar a la gastronomía desde un ángulo distinto, el de los pétalos, los estambres y la botánica culinaria.

Tras este bonito proyecto están Arán Rodrigo y Noé David, dos jóvenes cocineros con poco más de veinte años, formados en la Escuela de Hostelería de Alcalá de Henares y curtidos en casas de alto vuelo como Ramón Freixa, El Invernadero o Cobo. Ahora, este tándem perfecto despliega sus alas en solitario en Pipilacha, una palabra latina que significa “libélula” y que pone de manifiesto que las flores merecen ser protagonistas y no simples adornos.

El agradable local de la calle Azulejo no busca deslumbrar ni impresionar. Con una decoración minimalista, una cocina sorprendentemente amplia en el sótano y una majestuosa barra de iroko de seis metros que preside la sala, Pipilacha ofrece un aforo íntimo que puede albergar a tan solo dieciséis comensales. El escenario perfecto para que Arán y Noé den rienda suelta a su concepto que se basa en una cocina sostenible y de proximidad, que utiliza las flores como ingrediente, textura, aroma y discurso.

Su propuesta actual consta de dos menús degustación, uno de setenta y cinco euros y otro más corto de cuarenta euros que van cambiando según la temporada.

Todo empieza con su “jardín psicodélico”, una caja de aperitivos en la que destacan creaciones como la Pipilacha-eléctrica, una teja elaborada con recortes de frutas y pieles, coronada con miel de miso y flor eléctrica, o la Gota-begonia, una esferificación de hierbaluisa que reposa como rocío sobre una hoja crujiente.

Después llegan otros bocados como el brioche de borraja y rebozuelos, la esponjosa torrija de mandarina o un reconfortante pho vegano de hierbabuena, inspirado en un viaje a Vietnam. También conviven un ajoblanco-capuchina más ligero que el tradicional y un canelón de puerro y cosmos cuyo velo gelatinizado convierte el plato en un guiño vegetal muy vistoso.

Entre los platos principales, destacan la vieira con melisa y albahaca thai, la corvina con tagetes y una jugosa codorniz francesa pintada con su propio demi-glace. En cada uno de ellos, las flores aportan personalidad. Sorprendentes matices que van desde la acidez, al color, al aroma o a la textura.

Los postres siguen el hilo monocromático, como pudimos comprobar al degustar el Negro-regaliz azteca. Un juego de chocolates y fermentos coronado con una flor de viola, y el Blanco-tupinambo, que resulta un final fresco que combina chocolate blanco cristalizado y un helado casero de tupinambo.

Pipilacha no es solo un restaurante, es la apuesta de dos jóvenes cocineros que creen que la cocina puede ser más curiosa, más consciente y más viva. Un lugar donde uno entra a comer y sale con otra mirada, con la sensación de haber recorrido un jardín entero plato a plato.

Un proyecto que aún está aprendiendo a volar… pero que, como buena libélula, apunta a hacerlo muy alto.

PIPILACHA

Menú Degustación Danza de las Flores: 75€

Menú Degustación Despedida del Otoño: 40€

Calle Azulejo 2, 28028 Madrid

T. 919 12 59 98

www.pipilacha.es