Nacido en Remolinos, formado en Bellas Artes en Barcelona y con una trayectoria que le ha llevado a Nueva York, Madrid y Roma, Roberto Coromina ha construido un lenguaje artístico propio a partir de la pintura, la percepción y la relación entre las imágenes y el espacio. Su trabajo dialoga con la historia del arte, pero también cuestiona sus límites: los cuadros dejan de ser superficies planas, las imágenes se fragmentan y la pintura parece escapar de las paredes para ocupar el espacio.
Su última intervención en Zaragoza parte de uno de los elementos más reconocibles de la ciudad: el Cierzo. Un fenómeno invisible que condiciona el paisaje y la vida cotidiana, y que el artista traduce a un lenguaje visual capaz de evocar su fuerza, su movimiento y su carácter imprevisible.
El Cierzo, una presencia que no necesita verse para hacerse notar.
¿Qué significa para ti trabajar sobre un elemento tan zaragozano como el Cierzo?
Cuando me propusieron el proyecto, me pareció un reto interesante. El Cierzo forma parte de la identidad de Zaragoza y todos sabemos lo que significa convivir con él, pero representar algo así no es sencillo. No estás trabajando con un objeto que puedas observar y reproducir, sino con una sensación, con una fuerza que reconoces por sus efectos.
Me gusta que me planteen este tipo de desafíos porque me obligan a salir de mi terreno habitual y a buscar soluciones que no tenía previstas. En este caso, además, trabajar sobre algo tan ligado a Zaragoza tiene un significado especial para mí.
El Cierzo no se ve, pero se siente. ¿Cómo se convierte algo invisible en una obra de arte?
Lo primero que me vino a la cabeza fue Van Gogh y sus movimientos circulares, esas espirales con las que representaba el movimiento y la energía. La historia del arte está siempre presente en mi trabajo, incluso cuando no soy plenamente consciente de ello.
A partir de ahí hice varios bocetos hasta encontrar una solución. Buscaba algo cortante, una línea recta que transmitiera esa sensación física que produce el Cierzo cuando sopla con fuerza. Quería que la obra tuviera algo de esa incomodidad, de ese viento que parece empujarte y que te obliga a inclinar el cuerpo para avanzar.
Me interesa que exista una relación física con la pieza. Que, al acercarte, tengas una sensación y que la obra te afecte de alguna manera, aunque sea simplemente a través de la percepción.
¿Qué te interesó de la propuesta de IQOS para llevar tu lenguaje artístico a este espacio y trabajar a partir de conceptos como el movimiento, la innovación y la transformación?
Siempre me gusta colaborar con otras personas o trabajar fuera de mi estudio, tanto física como mentalmente. Te obliga a romper tu esquema habitual, a salir de la rutina y a enfrentarte a otras maneras de hacer las cosas.
La propuesta era complicada porque suponía trabajar en equipo, algo a lo que no estoy demasiado acostumbrado. En mi estudio controlo el proceso de principio a fin, mientras que aquí partíamos de una idea y de unos bocetos que después debían desarrollarse con otros profesionales.
Para mí era importante que se respetara la idea inicial, pero también entender que un boceto es interpretable y que, cuando una obra empieza a materializarse, siempre aparecen cambios. Mi proceso consiste precisamente en avanzar, volver atrás, corregir y avanzar de nuevo. A veces regresas a la primera idea y descubres que era la correcta; otras, necesitas alejarte de ella para encontrar el camino.
Lo interesante de una colaboración así es que te descoloca y te obliga a mirar tu propio trabajo desde otro lugar.

IQOS Boutique Zaragoza (C/ del Coso, 15 Esq. C/ Alfonso I)
Naciste en Remolinos y el paisaje del valle del Ebro, el Moncayo y el Cierzo están muy presentes en tu obra. ¿Cuánto hay de territorio y de memoria personal en tu manera de crear?
Muchísimo, aunque no siempre de una forma evidente. Creo que en la creación se van acumulando experiencias, imágenes y referencias que después reaparecen de maneras inesperadas.
De pequeño, por ejemplo, iba a la iglesia de Remolinos y me fijaba en las pinturas de Goya que hay en las pechinas. Me parecían algo lejano, casi inalcanzable, porque estaban muy arriba. Más adelante empecé a coleccionar fascículos del Museo del Prado, con sus reproducciones, mucho antes de visitar el museo por primera vez, cuando tenía unos trece o catorce años.
Con el tiempo, aquella relación con la historia del arte ha seguido apareciendo en mi trabajo. Cuando vivía en Nueva York, empecé a observar la pintura europea desde la distancia y a realizar obras a partir de fragmentos de artistas clásicos. Después llegaron otros proyectos, las anamorfosis y las piezas que parecen salir de la pared o introducirse en ella.
Creo que todo se va conectando. El lugar donde naces, lo que ves, los viajes, las obras que te impresionan y las experiencias que acumulas terminan formando parte de tu manera de mirar.
Siempre digo que la cabeza funciona como una coctelera: entran cosas que te han gustado, que te han sorprendido o que te han interesado por una cuestión técnica. Muchas veces las olvidas, pero permanecen ahí. Y, en algún momento, todo eso se mezcla y aparece una obra que quizá no habrías sabido explicar de antemano.
¿Hay algo de esta obra que solo pueda entender realmente alguien que haya vivido en Zaragoza?
Quien vive en Zaragoza sabe perfectamente qué significa el Cierzo. No hace falta explicarle la sensación de caminar contra el viento, de buscar cómo protegerte o de notar que una ráfaga puede cambiar por completo tu manera de moverte.
Es una experiencia muy física y cotidiana. Por eso me interesaba trabajar con una sensación reconocible, pero sin representarla de una manera literal. No quería hacer una ilustración del viento, sino encontrar una forma capaz de transmitir algo de su carácter.
Después, cada persona se relacionará con la obra desde su propia experiencia. Pero creo que quienes han vivido aquí reconocerán enseguida esa fuerza del Cierzo que te empuja, te descoloca y, a veces, parece que va a tirarte al suelo.
Esta intervención lleva el arte a un espacio cotidiano y comercial. ¿Qué te interesa de sacar el arte de los museos y las galerías y llevarlo a lugares como este?
Me interesa salir del espacio habitual de trabajo y comprobar qué ocurre cuando una obra se encuentra con un contexto diferente. En mi trayectoria he desarrollado instalaciones y proyectos en los que la pintura abandona la pared o adquiere una dimensión tridimensional. Siempre me ha interesado cuestionar ese lugar que tradicionalmente ocupa el cuadro.
En el Museo Pablo Serrano de Zaragoza presenté en 2023 Pintemurales, una exposición con piezas de gran formato concebidas para dialogar con la arquitectura del museo. Trabajar a esa escala te obliga a pensar de otra manera: la obra ya no se contempla únicamente como una superficie, sino como algo que ocupa un espacio y modifica la percepción que tenemos de él.
Las colaboraciones también tienen esa capacidad de sacarte de tu entorno. Cambian las condiciones, aparecen otras necesidades y tienes que encontrar soluciones nuevas. Si el proyecto funciona, esa experiencia termina enriqueciendo tu trabajo.
Todos los zaragozanos tenemos una relación de amor-odio con el Cierzo. ¿Cuál es la tuya? ¿Tienes algún recuerdo personal ligado a él?
Es una relación inevitable. Cuando sopla con fuerza, el Cierzo puede resultar muy incómodo. Te obliga a caminar de otra manera, a protegerte y a estar pendiente de cada ráfaga. A veces basta una ventolera para hacerte perder el equilibrio.
Precisamente esa capacidad de alterar lo cotidiano es lo que me interesaba para la obra. No es un viento que permanezca en un segundo plano: cuando aparece, condiciona lo que estás haciendo y se convierte en protagonista.
Supongo que todos los que hemos vivido aquí tenemos recuerdos ligados a él. Para mí, más que una anécdota concreta, lo interesante es esa experiencia compartida, esa sensación que reconocemos inmediatamente y que forma parte de la memoria de la ciudad.

¿Qué está pasando ahora mismo en la escena artística zaragozana que deberíamos mirar con más atención?
Creo que Zaragoza está viviendo un momento de movimiento y de cambios. La ciudad ha crecido mucho y hay una actividad económica y urbana que invita a pensar en nuevas posibilidades. Siempre se puede hacer más, por supuesto, pero es importante que exista esa voluntad de avanzar.
En cuanto al arte, a mí me interesa especialmente la posibilidad de establecer conexiones entre escenas y tradiciones diferentes. Ahora estoy trabajando con una línea más geométrica y me interesa mucho el diálogo con el arte latinoamericano, especialmente con el desarrollo del arte geométrico y cinético en Sudamérica, y con los vínculos que se establecieron con artistas europeos durante el siglo XX.
También creo que es importante que Zaragoza mire más allá de sus referencias habituales y encuentre nuevas maneras de contar lo que sucede aquí. A veces la comunicación de la ciudad sigue apoyándose demasiado en los tópicos, y hay muchas otras realidades, propuestas y formas de entenderla que merecen espacio.
Al final, tanto en el arte como en la vida, se trata de mantener la curiosidad, mirar alrededor y estar dispuesto a descubrir algo que no esperabas. Porque nunca sabes de dónde va a venir la siguiente idea.








